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Pacto de Fidelidad

Is 9, 1-6

Sal 121,1-8

Mc 8,21-43: “Y la niña comenzó a caminar”

 

Queridos hermanos todos:

 

                Desde hace ya varios años la presencia de los amados peregrinos dan nuevo color y fuerza a las celebraciones del Milagro. Disponiéndonos para celebrar el Pacto de fidelidad, a los pies de las sagradas imágenes del Señor y de la Virgen del Milagro, los saludamos a todos, queridos devotos y peregrinos, y les decimos desde lo más profundo de nuestro corazón: ¡Muchas gracias! ¡Gracias por el testimonio de su fe, de su fortaleza, de su fraternidad!

 

                                Los jóvenes se han convertido en el centro de un compromiso eclesial expresado en el Encuentro Nacional celebrado en Rosario, en el próximo Sínodo que convocará a obispos de todo el mundo en Roma y en el Encuentro Mundial de la Juventud que se celebrará en el próximo enero en Panamá. En esta renovación del Pacto de este año de 2018, son ustedes, queridos jóvenes, especialmente bienvenidos. Muchas gracias porque han sido verdaderos protagonistas en este Milagro, como peregrinos, como servidores, como fieles discípulos misioneros.

 

                Este año las Fiestas del Milagro se celebran en un marco que anima a toda América Latina y el Caribe: La  ya inminente canonización de tres beatos: del Papa Pablo VI, el Papa del Concilio, del diálogo y de la vida, del obispo Oscar Arnulfo Romero,  buen pastor y mártir de El Salvador, voz de los sin voz, padre de los pobres y protector de las víctimas de la violencia y de la Madre Nazaria Ignacia, fundadora y apóstol de la caridad en la hermana nación de Bolivia y en nuestro país. Se trata de un regalo ofrecido por el Papa Francisco al Continente que nos invita a agradecer al Señor el don de su gracia que es capaz de transformar los corazones y dinamizar su Iglesia.

 

                Tres señales que animan nuestra vida y comprometen nuestra respuesta  cristiana: los peregrinos, la juventud, la santidad.   Al mismo tiempo nos ofrecen un marco para meditar la palabra de Dios y disponernos a renovar con el Señor y la Virgen nuestro Pacto, el acto de libertad y de amor de un pueblo que se sabe dignificado y proyectado hacia el futuro desde su compromiso de hijos de Dios y hermanos que saben cargarse al hombro a todos los hermanos.

 

I

 

Los peregrinos, testigos del amor misericordioso del Señor, nos sugieren la imagen del camino. Así hemos vivido este tiempo de preparación procurando recorrer la peregrinación interior que va desde nuestro corazón al Corazón de Cristo y procurando aprender del Señor y de la Virgen el estilo de un verdadero discípulo misionero de Jesucristo.

 

 

 

 

 

La Palabra de Dios nos ha iluminado y a su luz hemos rezado y meditado llenándonos de la fuerza del Espíritu para partir desde el Pacto, desde el Señor y desde la Virgen como misioneros, anunciadores, heraldos.

Misioneros de la vida,

Misioneros de la dignidad de todos los hombres,

Misioneros de la comunión y la fraternidad de nuestra Nación.

 

Misioneros de la vida

                El documento de Aparecida nos enseña que la gran novedad que la Iglesia anuncia es que Jesucristo vino al mundo para hacernos partícipes de su propia vida, es la vida del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Es la vida eterna[1]. Nuestros pueblos no quieren andar en sombras de muerte; tienen sed de vida y felicidad en Cristo. Lo buscan como fuente de vida[2] y esperan de nosotros, cristianos, el testimonio del respeto, cuidado, veneración y amor por la vida de todos. En estos momentos de la historia de nuestra patria, el compromiso cristiano con la vida se hace urgente, exigente. Desde su concepción en el seno materno hasta el último aliento, la vida de cada ser humano ha de ser respetada. Para nosotros vivir es descubrirnos misioneros, es decir, hombres y mujeres conscientes de “que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar la vida a los otros”[3].

                Permítanme agradecer a los queridos laicos que se pusieron la defensa de las dos vidas al hombro y a aquellos que, superando humillaciones supieron proponer la verdad que libera sobre lo políticamente correcto. Muchas gracias.

 

Misioneros de la dignidad de todos los hombres

                No agrada al Padre Dios la miseria, el abandono y la exclusión en la que viven tantos hermanos nuestros. Los creyentes experimentamos la invitación provocadora de Dios a suprimir las graves desigualdades sociales y las enormes diferencias en el acceso a los bienes. La vida sólo se desarrolla humanamente en la comunión fraterna y justa. Por ello, a los pies del Señor y de la Virgen del Milagro, comprometámonos a no instalarnos en la comodidad y en la tibieza, en la mediocridad indiferente. Dejémonos interpelar por Jesucristo, rostro humano de Dios y rostro divino del hombre y asumamos la opción preferencial por los pobres desde nuestra fe en Él, Señor de la historia, de la justicia y de la fraternidad. Pidámosle la gracia de poder descubrirlo en el hermano necesitado que nos mira y nos pide proximidad, escucha, solidaridad, compasión, diálogo. Que nadie quede excluido de nuestro corazón.

 

Misioneros de la comunión y la fraternidad de Nuestra Nación

                “Con tu amor buscando el amor de un pueblo”. Son palabras del himno al Señor del Milagro con las que el Papa Francisco nos invitaba a reconocer el privilegio de ser depositarios de esta manifestación del amor de Jesucristo. Toda la vida de Jesús se puede definir como un venir desde el corazón del Padre al corazón de cada ser humano para hacernos pueblo, su Pueblo, el Pueblo de Dios. Su vida y su muerte fueron una entrega “para que seamos Uno”. Ser discípulos de Jesucristo es ser puente de fraternidad, fuerza del amor que derriba muros, discípulos que aprenden el arte del perdón como remedio capaz de traer vida nueva. Los cristianos tenemos hoy una misión de particular fuerza en nuestra patria que espera nuestro respeto a aquella ley que el Martín Fierro expresa: “los hermanos sean unidos… tengan unión verdadera…”

                Esta verdad adquiere en este lugar una fuerza vigorosa. Aquí, en este lugar cuidado por el monumento a la Batalla de Salta mandó el General Belgrano enterrar los restos de realistas y patriotas después de la misma,  enseñando que no había vencedores ni vencidos sino hermanos.

               

 

 

II

Los jóvenes, centinelas del mañana, en la feliz expresión de San Juan Pablo II, nos interpelan preguntándonos: ¿Qué cultura, qué civilización estamos dejándoles? Ante ellos y con ellos, estamos llamados a superar una cultura del tener hasta destruir al otro, de la ambición sin medida que excluye y descarta, del placer sin compromiso que indigesta y resiente. Por ello, nuestro Pacto de Fidelidad ha de ser una provocación a renovar nuestra confianza en la familia, a apostar con seriedad por la escuela en todos los niveles de la educación y  las etapas formativas de la persona, a revalorizar las instituciones que nos permiten vivir humanamente evitando degradar la vida social.

 

Renovemos nuestra confianza en la familia

El Papa Francisco nos enseña que después del amor que nos une a Dios, el amor conyugal es la máxima amistad. Es una unión que tiene todas las características de una buena amistad: búsqueda del bien del otro, reciprocidad, intimidad, ternura, estabilidad, y una semejanza entre los amigos que se va construyendo con la vida compartida. A ello se agrega la exclusividad indisoluble que lleva a la pareja a elegirse de modo exclusivo y para siempre[4]. Queridas familias: anímense a dar el testimonio alegre de amarse según el proyecto de Dios. Manifiesten, sobre todo a los jóvenes, que “quien está enamorado no se plantea que la relación pueda ser sólo por un tiempo; quien vive intensamente la alegría de casarse no están pensando en algo pasajero…”, muestren que “los hijos no sólo quieren que sus padres se amen sino también que sean fieles y sigan siempre juntos”[5]. Proclamar el evangelio de la familia es ofrecer el servicio más sano y sanador a la sociedad de hoy.

 

Apostemos por la educación, por la escuela,

 Esto significa ayudar a los niños y a los jóvenes a descubrir la maravilla de ser personas. La persona es un don de Dios para la creación y para la humanidad entera. Don para la persona y para que la persona sea don para los otros es la sexualidad con la que nacemos. Descubrir ese don, respetarlo según la naturaleza nos lo ofrece, es comienzo de una felicidad auténtica y plenificadora. Una educación que no respete este primer y fundamental dato es una educación frustrante, no podrá ser considerada integral. No tengamos miedo de escuchar la voz serena y liberadora de la ley natural. Respetar a todos es una consigna, no excluir a nadie es un mandato. Imponer la visión de una minoría o la ideología de un grupo de poder es un despropósito.

 

No perdamos el respeto por nuestra patria.

Vuelve a emerger la crisis moral que no nos permite vislumbrar un futuro mejor. Recordemos la enseñanza de la Conferencia Episcopal Argentina: “No podemos ser peregrinos del cielo, si vivimos como fugitivos de la ciudad terrena”[6]. El llamado del entonces Cardenal Bergoglio, hoy nuestro Papa Francisco, se hace actual: “Hemos de ponernos la patria al hombro”. Cada uno desde lo suyo. Recuerden los dirigentes de la sociedad que la promoción de la justicia y la tutela de la dignidad humana, especialmente de los pobres y de los excluidos, es su único camino. Adviertan los más favorecidos que el derecho de propiedad no se debe ejercitar contra el bien común. Duele en el alma ver cómo la especulación vuelve a someternos al juego inmoral de las finanzas que lucran dinero a manos llenas mientras los pobres no saben a quién dirigirse para llegar a fin de mes comiendo con un poco de dignidad. Duele escuchar como si fuera un relato fatalista que los pobres tienen que pagar las consecuencias de las especulaciones de aquellos que lucran en las timbas de las bolsas, sentados sobre baúles de dinero, o viajan en cruceros mientras la tierra tiembla debajo de los pies de tantos hermanos necesitados.

 

 

III

                La santidad como fuerza y propuesta de vida para todos nosotros se nos acerca en las canonizaciones que el Papa Francisco proclamará, Dios mediante, el próximo 14 de octubre y que tocan de modo particular a nuestro continente latinoamericano. Las magníficas figuras del Papa Pablo VI, de Monseñor Oscar Arnulfo Romero y de la Madre Nazaria nos animan. Los santos son testimonio de la fuerza humanizadora y civilizadora del Evangelio. Ellos nos hablan de la fuerza de vida que emerge de la Cruz. En efecto, la Cruz es escuela de vida, garantía de libertad y dignidad, testigo de nuestra responsabilidad.

 

                “Jesucristo se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de Cruz” nos recuerda San Pablo. En la Cruz se completa nuestra redención. Allí el Hijo de Dios toma lo más profundo de la condición humana, la muerte, y nos libera para hacernos libres, nos salva para hacernos hijos, dignos, fraternos.

 

                Para un cristiano la Cruz marca un estilo. El estilo de la libertad liberada y liberadora. Decimos libertad liberada porque el cristiano aprende a ser señor de sí mismo, libre de egoísmos, soberbias, ambiciones desmedidas, libre del pecado. Decimos liberadora porque la Cruz nos anima y fortalece para servir,  para ayudar, para atender a las necesidades del otro, para comprometerse con ellos.

 

                Mirar la Cruz, queridos hermanos. O mejor, mirar al Señor del Milagro, es dejarnos interpelar por Aquél que quiere grabar en nuestro corazón al hombre nuevo, al hombre y a la mujer dispuestos a servir… hasta dar la vida. No se puede llevar conscientemente la Cruz colgada en nuestro cuello, no se puede mirar la Cruz en nuestras casas, en las oficinas… y actuar con irresponsabilidad o cinismo, con indiferencia o maldad.

 

                Por eso mismo, la Cruz se convierte en garantía de libertad y dignidad. Si el Hijo de Dios, nuestro hermano, ascendió a la Cruz para morir por mí y por ti, querido hermano, querida hermana. Cómo es posible intentar atropellar, destruir, minimizar, ningunear al hermano? ¿Cómo puedo destruir  a mi familia, humillar a mis hermanos, a mis conciudadanos?

Somos libres para garantizar la libertad y la dignidad de los otros, no para atropellarlos creyéndonos omnipotentes, o impunes.

 

                Dijimos que la Cruz es testigo de nuestra responsabilidad. El Señor crucificado es la luz que ilumina nuestra conciencia. Por eso, es mudo testigo, es amoroso testigo que desde la Cruz nos interpela. En la imagen del Señor del Milagro hoy veo los rostros de aquellos que los sacerdotes y yo ofendimos o peor, escandalizamos con nuestros pecados… y les pido humildemente perdón. En los ojos del Señor miro los ojos de tanta gente que sufre por la injusticia de hermanos que tienen el poder, sea económico, político, religioso, cultural, científico o profesional, y no cuidan de los intereses de todos, y no sólo no quieren sacrificar nada en bien de los demás, sino que se ceban en particularismos, sacrifican vidas por arrebatar o mantener el poder dejando tanto llanto y sufrimiento alrededor... y pido perdón. Y quisiera mirar lo que cada uno de ustedes mira en el Señor y… pedirle perdón.

 

                Pero no se trata sólo de pedir perdón. Nuestros mayores nos mostraron que la Cruz es comienzo de nueva vida. Los rayos abiertos al infinito nos dicen: ¡La última palabra la tiene el amor, no el odio! ¡El triunfo definitivo lo tiene la vida, no la muerte! Por eso, que cada uno de nosotros abra sus oídos, disponga su corazón a recibir el mandato del Señor: “Yo te lo ordeno, levántate! Con la fe de los peregrinos, como la mujer del Evangelio nos hemos acercado al Señor y a la Virgen para tocarlo. Con la fe del jefe de la sinagoga estamos dispuestos a empezar de nuevo… sin temer a la Cruz. ¿Cómo temerle si es garantía de dignidad de las personas y los pueblos? ¡Que nuestro espíritu se ponga de pie! Renovar el pacto es empezar un tiempo nuevo. Sólo tres consignas: No usar a nuestros hermanos. No robar. No mentir. Y una propuesta: Servir… como el Señor, como la Virgen. Hasta dar la vida.

 

                Que el brillo de esta tarde de primavera que ya llega se convierta en luz que nos acompañe. Amén.

 

 

                                                                                                                             Mario Cargnello

                                                                                                                                                                                            Arzobispo de Salta



[1] Cfr.  Documento de Aparecida – a partir de ahora DA- 348.

[2] DA 350

[3] DA 360

[4] Cfr. FRANCISCO, Amoris Laetitia, 123

[5] Id.

[6] CEA, Queremos ser Nación, 8.a.

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